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Sea como sea, hoy quiero contarte por qué “Consciencia viajera”.

Yo no sé muy bien a quién salgo, porque mi familia muy viajera que digamos, no es. Claro que hacen sus viajecitos y disfrutan de sus vacaciones, pero a más de un@ le da pereza hacer la maleta…

Desde que tengo libertad económica (traduzco: trabajo) mi familia, amigos y conocidos me recuerdan viajando, y si no es viajando, es planeando viajes, hablando de viajes o soñando viajes.

Siento el viajar como la experiencia más enriquecedora que pueda existir, la mejor inversión que uno pueda hacer para su crecimiento personal y es lo que me hace salir de mi zona de confort, ver paisajes que nunca vieron mis ojos, oler aromas que en un futuro me traerán el nombre de aquella ciudad, lugar o mercado, caminar calles que nunca recorrieron mis pasos y sentirme tan libre y tan cerca de lo que se supone es la felicidad. Para mí es disfrutar con los 5 sentidos y desde hace unos años a eso decido mi sueldo, mis extras y mis ahorros. A viajar, que para mí es vivir.

España, Portugal, Londres, Roma, Egipto o Túnez… se encuentran entre mis primeros viajes y escapadas, siempre acompañada, siempre buscando a esa persona que quisiera seguirme los pasos, que coincidiera conmigo en fechas, en presupuesto, en gustos, en ganas, en… en… en muchas cosas.

Un día, allá por el 2010, una de mis mejores amigas estaba planeando un viaje a Senegal y yo quise unirme, pues lo veía como una oportunidad única de hacer un viaje largo, exótico y aventurero. Se me antojaba el mejor plan del mundo, pero la historia no pudo ser. Ella siempre viajaba con las mismas amigas (suyas, que no mías) y esos viajes eran algo como muy personal, muy íntimo, ellas se conocían bien, se organizaban bien y sabían que juntas no fallaban, no cabía nadie más y era lo justo. Pero al menos me atreví a preguntar y…  ¿Sabes qué? Gracias, gracias y mil gracias. Repito… ¡Gracias!

Gracias por decirme que NO

Gracias a ese viaje que no pudo ser, gracias a todos los que planeé y “me fallaron”, gracias a todos los que me dijeron que no, que tal vez, que en otra ocasión, que no puedo, que no tengo, que no…. que no… que no… me lancé, sin saber muy bien cómo, a mi primer viaje EN SOLITARIO, el destino elegido: Costa Rica. Era abril del 2010.

En Costa Rica reí, lloré, caminé, conocí, me perdí, tuve miedo, cambié mil veces de planes, de recorrido, de autobús, supe de la auténtica alegría y la verdadera felicidad, mi felicidad, viví, sentí y sobre todo descubrí, descubrí que soy capaz, que puedo, que tus sueños son tuyos y no tienes que esperar a que sean los sueños de nadie. Simplemente no dejes de hacerlo. Y desde aquel entonces ya no necesito a nadie para viajar.

He descubierto la inmensa libertad que supone el viajar sola, levantarme antes de que salga el sol y llegar al hotel sin poder dar un solo paso más, saltarme aquellos monumentos “imperdibles” y evitar cualquier museo, ópera, teatro o centro comercial y callejerar sin piedad, parándome donde quiera y cuando quiera, comer lo que quiera y a la hora que me apetezca, pasear por aquel barrio residencial sintiendo la rutina del lugareño, tomar un café donde no hay más turista que yo y también extrañar… por qué no, con cada cosa que sé que una amiga disfrutaría, que mi familia disfrutaría o a mi pareja le encantaría “¡anda! si estuviera aquí…. “. Y volver para charlar ¡Con tanto que contar! O no.

24 de agosto de 2010: el mejor regalo que podían darme

El 24 de agosto de 2010, día de mi 29 cumpleaños, firmé mi finiquito. La empresa donde trabajé más de 5 años decidió externalizar nuestro departamento y varios compañeros acabamos en el paro. Pero yo, de “paro” nada, porque lo que menos hice fue estar quieta. Y otra vez, esas ansias viajeras guiaron mi camino y me llevaron a tomar la decisión de reinventarme profesionalmente y convertirme en agente de viajes. De nuevo, algo que se supone malo y terrible, surgió ante mí como la mejor de las oportunidades y me dio las fuerzas necesarias para estudiar, luchar, formarme y conseguir ocupar un puesto en una agencia de viajes (en plena crisis, en el 2012) y con la inmensa suerte de disfrutar de la libertad necesaria (aunque siempre menos de la que añoro) para seguir viajando, aprendiendo y mejorando. Porque sí, muy fuerte… ahora viajar me hace ser también mejor profesional ¿Increíble, no?

Esta fue mi manera de unir lo que me apasiona, lo que me gusta hacer y lo que disfruto con mi yo profesional. Solo mi manera, pero hoy siento que no he fallado. Mañana se verá…

Y desde la mesa de mi oficina, es maravilloso escuchar de viva voz lo que buscan y desean las personas para sus vacaciones, las expectativas que se pueden crear o lo que esperan de tal o cual viaje.

He escuchado muchas veces, sobre todos de aquellos más viajados, que este o aquel destino está bien…. Peeeeero…. eran muchos en el bus, pero te tratan como un turista más, pero no es auténtico, pero está perdiendo, pero esto o aquello es una turistada… y es una verdadera lástima, porque el mundo es enorme, los países son inabarcables y las posibilidades de escapar del turismo de masas, hoy en día y por suerte son muchas.

Si no te gusta viajar así ¿Por qué lo haces? Si no te gusta sentirte un turista de manual ¿Por qué participas de ello?

Yo también me he sentido como tú, me he sentido como ellos y he sufrido el formar parte de un grupo y de una forma de viajar que no casaba con mi filosofía de vida. Que no me hacían disfrutar al 100% ni sentirme realizada con las experiencias vividas.

Así que empecé a montar mis viajes dejando a un lado los itinerarios básicos, comencé a contactar con mis colaboradores en destino aquí y allá en busca de sus sabios consejos, a organizar la parte que quería llevar organizada y dejarme libre los días que creía convenientes, allá donde creía necesario. Comencé a no sentirme mal por no visitar ese “no te lo pierdas” y por gastar horas y horas en los cafés y callejuelas de un barrio perdido de esa gran ciudad turística.

A disfrutar, a acertar, a equivocarme ¡Claro que sí! (Y a veces mucho) y, al final, a aprender a viajar de una manera más serena, cercana y cuidada. Ya no me vale todo porque sé lo que quiero. Hoy me siento en pleno aprendizaje de convertirme en toda una viajera consciente ¡Y me encanta!

En mis manos tengo todas las herramientas necesarias para crear viajes auténticos, responsables y sostenibles y son aquellos de los que disfruto, de los que me gusta hablar, soñar y planear. Son los que te quiero enseñar a través de las páginas de “Consciencia viajera” para que tú también los disfrutes, para que los vivas y los sientas como solo se siente aquello que te llena el alma, la mente y los sentidos.

Una vez más, el viaje dirige mis pasos (o yo dirijo mis pasos hacia el viaje) y se convierte en la fuerza que me ha llevado a crear “Consciencia viajera”.

¿Cuál es tu fuerza? ¿Qué “NO” has convertido en un gran “SÍ”? ¿De qué situación mala has renacido?