Mucho y variado había oído hablar de la milenaria ciudad de Benarés, o Varanasi. La ciudad sagrada del Ganges, donde los hindúes desean terminar sus días y ser quemados en las piras de los ghats crematorios para que sus cenizas sean arrojadas a las aguas purificadoras del río y así acabar con el ciclo de las reencarnaciones y alcanzar el descanso eterno.

Un fuerte halo de misticismo y espiritualidad envuelven a Varanasi en su devenir cotidiano.

Y no fue hasta llegar a Varanasi que descubrí la auténtica India (bueno, descubrimos), aquella India soñada y sobre todo, prometida e imaginada después de tantas lecturas y recomendaciones, la India que te golpea fuerte en el pecho y te hace replantear tantas cosas de tu rutina diaria mientras caminas torpemente por sus calles, esquivando vacas, boñigas y basura por doquier.

En Varanasi ya nadie nos gritaba ni nos atosigaba, podíamos caminar con relativa tranquilidad, solo cuidando de dónde poner los pies y de no llevarnos por delante a nadie ni que nos lleven a nosotros, claro. Pero poco a poco todo volvía a su sitio, aunque aún hoy, no sé cuál era ese sitio al que las cosas tenían que volver, ni ese todo que también tenía que estar en su sitio. Pero sentí que sí, que eso era la India que andábamos buscando y que no encontramos en el famoso “Triángulo de Oro” cuando visitamos Delhi, Agra y Jaipur, aunque eso lo dejo para otro post, porque en este quiero hablar de lo que encontramos, no de lo que no encontramos.

Si has organizado tu viaje con antelación, no te preocupes al llegar al aeropuerto de Varanasi, pues ya te estarán esperando para llevarte hasta tu hotel y si vas de por libre, no te asustes, también te estarán esperando un buen número de locales con la boca teñida de rojo (por la hoja de betel, o paan que mastican por costumbre) que te animarán a cruzar campo a través una especie de descampado para llegar a la zona de “taxis” y allí podrás escoger uno. No se dejan regatear mucho y a decir verdad, te aseguro que no me pareció que valiera la pena, ya que Varanasi está más lejos del aeropuerto de lo que uno pueda realmente imaginar.

Después de los nervios y el cansancio inicial, de noche, sin móvil (gran error), sin internet, sin que nadie nos quiera (o sepa) indicar dónde están los taxis oficiales (si me lo preguntas, te juro que no lo sé), sin tener ni idea de cuántos kilómetros separaban el aeropuerto del “centro” de la ciudad -un detalle que puede hacer que lo pases bastante mal por el camino, si, como nosotros, llegas de noche y pasan los minutos hasta convertirse en hora larga y el coche no para-, nos despedimos de nuestro conductor que nos llevó en un coche Ola (tipo Uber indio) sin mediar casi palabra, se desvivió para encontrar nuestro hotel y nos despidió con una sonrisa.

Para que te hagas una idea, los aproximadamente 28 kilómetros que separan el aeropuerto de la zona de Assi Ghat se hacen en casi hora y media de recorrido.

El hotel que escogimos para Varanasi fue el Rivera Palace 3*, que, a mi parecer, está correcto, la limpieza mejorable como en gran parte de los hoteles de la India, pero la ubicación muy buena. Desde allí, es muy fácil recorrer los ghats y vivir el verdadero Varanasi, despacio, como no puede ser de otra manera.

Recorrimos como pudimos callejuelas laberínticas, perdiéndonos y encontrándonos, asombrados a cada paso, abrumados por lo que veíamos, escuchábamos y olíamos. India en estado puro y, por fin, llegamos a la zona de los ghats, que es, sin duda, la que más disfrutamos, la que nos dio tiempo de relax, de contemplar, de respirar autenticidad a cada paso, de ver pasar la vida local tan de cerca, gente lavando ropa a mano en el río, vacas bajando a refrescarse en sus aguas, gente bañándose o simplemente, estando, niños jugando…

Pero una de las mejores experiencias en Varanasi fue, sin duda, recorrer sus calles, secretos y misterios de una mano experta que nos explicó sus entresijos y secretos, nos guió en el amanecer sobre el Ganges y en la ceremonia Aarti y nos reveló el significado histórico de la budista Sarnath. Siempre supimos que solos y sin guía, la ciudad nos atropellaría y nos dejaría sin aliento, agotados y sin entender nada.

Volvimos a recorrer las callejuelas de la zona de Chowk hasta llegar a Manikarnika Ghat, el principal ghat crematorio de la ciudad y pudimos tomar un típico chai mientras contemplábamos, casi en silencio, la ceremonia de cremación que tenía lugar en ese momento. Nosotros solo asentíamos con la cabeza a las explicaciones de nuestro guía entre susurros y con el mayor de los respetos.

Así supimos curiosidades como que el difunto llega envuelto en telas y portado por sus seres queridos, solo varones, que le sumergen en las aguas sagradas del río para purificar el cuerpo antes de la cremación. Su familiar varón más allegado, con la cabeza rapada en señal de pureza, es el encargado de prender la pira con el fuego sagrado, que está siempre custodiado y nunca se apaga y también supimos que las familias deben de negociar la calidad y cantidad de madera que se necesitará para la cremación y esto, irremediablemente, dependerá del nivel económico de la familia del difunto (y estas negociaciones tienen su oscuro secreto).

Queda terminantemente prohibido hacer fotos si no quieres meterte en líos.

Será por el envolvente latido de la ciudad, por lo que vimos, por lo que sentimos, por lo que vivimos entre esas calles y cerca de ese río, que la ceremonia no nos impresionó, sino que nos infundió un profundo respeto y admiración. No olía a carne quemada, no percibimos nada inquietante ni morboso, sino algo natural que no sé exactamente cómo explicar, pero sí, en esos momentos, aunque suene raro, lo vivimos como algo natural, parte de las tradiciones de una cultura enraizada en sus creencias espirituales. El punto final que todo hindú sueña para el día de su muerte, el descanso eterno y purificador. La muerte al natural, como parte inseparable de la vida, sin dramas, ni llantos, ni miedos.

Al atardecer, continuamos hasta Dashashwamedh Ghat, donde pudimos contemplar la ceremonia Aarti que se celebra cada tarde en el ghat y donde turistas nacionales, extranjeros y locales abarrotan cada espacio vital para disfrutar de esta ceremonia sagrada con un toque inevitable de espectáculo. Color, ofrendas, velas y música en un ambiente como festivo. También es posible verla desde las decenas de barcas que se apretujan cargadas de turistas sobre las aguas del Ganges.

Una de las experiencias más apacibles de nuestra estancia, fue el día que nos levantamos antes del amanecer para tomar una barca de remos y navegar por las aguas del Ganges para ver amanecer en los ghats. Los locales, ajenos a las miradas de los turistas, llenan de movimiento y color las escaleras de piedra que se hunden en las aguas del río entre abluciones, ofrendas al sol, meditaciones, baños o empezando la tarea del día, como lavar ropa en el río.

El color del sol sobre Varanasi, el reflejo en el agua de la vida de la ciudad, el sentir el momento tan auténtico y vivir por un instante momentos tan cotidianos de la gente local es una vivencia que te llevarás contigo para siempre.

El último día en Varanasi, disfrutamos de una excursión de medio día a Sarnath, una localidad a tan solo 10 kilómetros de Varanasi, uno de los puntos del conocido “Camino del Buda”. En Sarnath se levanta una magnífica estupa de piedra construida, dicen, en el mismo lugar donde Buda dio su primer sermón a sus compañeros después de iluminarse en Bodhgaya.

Y antes de que se me olvide, deciros que comimos muy rico en Shiva Restaurant.

A Varanasi te recomiendo llegar en avión. Solo si tienes muchos días para visitar el país baraja la opción de llegar por tierra. Si cuentas con pocos días, no te lo pienses, el tiempo en oro y moverse en India por carretera es realmente difícil y terriblemente lento.

¿Te gustaría ir a Varanasi? ¿Qué buscas sentir una vez en la ciudad sagrada del Ganges? ¿Ya has estado? ¿Qué te pareció?